Sweet Home Dakar
Volvemos al Senegal tras un corto break vacacional en Gran Canaria. Unas no sé yo si merecidas vacaciones, pero en todo caso que han venido muy bien para desconectar y reubicarme. Y conmigo vuelve el blog, marginado durante todo este tiempo. A ver cuánto nos dura…
El vuelo de ayer nada tuvo que ver con el de la ida, donde gracias a la RAM recorrí gran parte de mi añorado Marruecos. En esta ocasión Iberia nos dejó en Dakar en apenas dos horas de vuelo, como el que va a la tienda de la esquina a comprar el pan.
Los senegaleses se llevan su casa en las maletas. Es increíble la cantidad de equipaje que llevan. Supongo que la casa secundaria la llevan en los susodichos bagages a main, que en realidad requieren de cuatrocientas mains para poder ser transportados.
La tripulación de Iberia parece que se contagió del contexto del Ramadán porque nos ofreció una cena para pájaros: dos minisandwichs de queso y jamón. No, el manchego y el jabugo se fueron a otro avión, a nosotros nos cayó el pack este en lonchas que resulta siempre tan tentador en el Mercadona pero que una vez en casa sabe ligeramente a plástico. Bueno, también nos dieron un yogurt de fresa, ese que se hace con sangre de cochinilla para que tenga un color similar a la fresa. Color que de todas formas el colectivo daltónico es incapaz de reconocer por lo que podrían evitar la matanza de las cochinillas. Es un viejo debate, no le presten demasiada atención.
Y llegó el momento de pasar la aduana, y claro, me metí en la cola más lenta. La gente ya estaba sobada en su casa con sus maletas que a mí me quedaban todavía tres por delante para mostrar mi pasaporte. El mundo no le presta la menor atención a estas cosas, pero yo lo paso siempre fatal. Son décimas de segundo en las que debes escoger una fila u otra. Generalmente nos dejamos guiar por el número de individuos presentes en la cola. Pero a veces conviene más fijarse en la cara del tipo que sella los pasaportes… Aunque este escenario se da también en los bancos, los supermercados…Y siempre tienes la tentación de cambiar de fila y mandar todo a la mierda…
A pesar de haber escogido la mala fila, incomprensiblemente esperé una eternidad mi maletita. Me tranquilizó saber que los españoles que estaban a mi lado, hartos de la espera, temían que alguien se las hubiese llevado a escondidas. Me quité de un plumazo la sensación de estar siempre paranoico en las salas de recogida de las maletas. A veces estoy más pendiente del carro de los pasajeros que de la propia cinta.
Curiosamente en Dakar no me molesta perder tiempo en el aeropuerto. Porque al fin y al cabo es realmente acogedor, y salvo los “chariots, chariots” no te molesta ni Dios. Lo duro llega al salir, ahí te sientes Mike Jagger ante tanta gente que espera expectante tu desembarco. Las frases cortantes ya las has preparado mientras esperabas las maletas.
Lo que no había previsto era que un manco me tocase con sus muñones pidiéndome dinero. Ay cuánto echaba de menos la versión senegalesa del contacto humano!
Para negociar el taxi hay que saber mostrarse férreo. Dices un precio y ahí te quedas. Siempre hay uno que acaba cediendo y termina aceptándolo. Lo malo es que el que cede generalmente tiene el peor taxi del continente africano. Aunque en esta ocasión tampoco fue pa tanto, era uno de estos coches que sólo reacciona si lo empujas con vehemencia, y luego no vayas a pararte que ahí te quedas.
Llegamos a casa y ya se siente el calor africano. Terminé en pelotas guardando el salchichón, los fuets, los chorizos, el lomo, el jamón y los quesos en la nevera (se me olvidó el foie gras, mierdas). Duchita antes de ir a dormir pero…oh oh…vaya, nos han vuelto a cortar el agua. Sí, no queda duda, ya estoy de vuelta en Dakar.
El vuelo de ayer nada tuvo que ver con el de la ida, donde gracias a la RAM recorrí gran parte de mi añorado Marruecos. En esta ocasión Iberia nos dejó en Dakar en apenas dos horas de vuelo, como el que va a la tienda de la esquina a comprar el pan.
Los senegaleses se llevan su casa en las maletas. Es increíble la cantidad de equipaje que llevan. Supongo que la casa secundaria la llevan en los susodichos bagages a main, que en realidad requieren de cuatrocientas mains para poder ser transportados.
La tripulación de Iberia parece que se contagió del contexto del Ramadán porque nos ofreció una cena para pájaros: dos minisandwichs de queso y jamón. No, el manchego y el jabugo se fueron a otro avión, a nosotros nos cayó el pack este en lonchas que resulta siempre tan tentador en el Mercadona pero que una vez en casa sabe ligeramente a plástico. Bueno, también nos dieron un yogurt de fresa, ese que se hace con sangre de cochinilla para que tenga un color similar a la fresa. Color que de todas formas el colectivo daltónico es incapaz de reconocer por lo que podrían evitar la matanza de las cochinillas. Es un viejo debate, no le presten demasiada atención.
Y llegó el momento de pasar la aduana, y claro, me metí en la cola más lenta. La gente ya estaba sobada en su casa con sus maletas que a mí me quedaban todavía tres por delante para mostrar mi pasaporte. El mundo no le presta la menor atención a estas cosas, pero yo lo paso siempre fatal. Son décimas de segundo en las que debes escoger una fila u otra. Generalmente nos dejamos guiar por el número de individuos presentes en la cola. Pero a veces conviene más fijarse en la cara del tipo que sella los pasaportes… Aunque este escenario se da también en los bancos, los supermercados…Y siempre tienes la tentación de cambiar de fila y mandar todo a la mierda…
A pesar de haber escogido la mala fila, incomprensiblemente esperé una eternidad mi maletita. Me tranquilizó saber que los españoles que estaban a mi lado, hartos de la espera, temían que alguien se las hubiese llevado a escondidas. Me quité de un plumazo la sensación de estar siempre paranoico en las salas de recogida de las maletas. A veces estoy más pendiente del carro de los pasajeros que de la propia cinta.
Curiosamente en Dakar no me molesta perder tiempo en el aeropuerto. Porque al fin y al cabo es realmente acogedor, y salvo los “chariots, chariots” no te molesta ni Dios. Lo duro llega al salir, ahí te sientes Mike Jagger ante tanta gente que espera expectante tu desembarco. Las frases cortantes ya las has preparado mientras esperabas las maletas.
Lo que no había previsto era que un manco me tocase con sus muñones pidiéndome dinero. Ay cuánto echaba de menos la versión senegalesa del contacto humano!
Para negociar el taxi hay que saber mostrarse férreo. Dices un precio y ahí te quedas. Siempre hay uno que acaba cediendo y termina aceptándolo. Lo malo es que el que cede generalmente tiene el peor taxi del continente africano. Aunque en esta ocasión tampoco fue pa tanto, era uno de estos coches que sólo reacciona si lo empujas con vehemencia, y luego no vayas a pararte que ahí te quedas.
Llegamos a casa y ya se siente el calor africano. Terminé en pelotas guardando el salchichón, los fuets, los chorizos, el lomo, el jamón y los quesos en la nevera (se me olvidó el foie gras, mierdas). Duchita antes de ir a dormir pero…oh oh…vaya, nos han vuelto a cortar el agua. Sí, no queda duda, ya estoy de vuelta en Dakar.


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